Algunas frases de la Biblia parecen evidentes a primera vista y, al mirarlas por segunda vez, resultan sorprendentemente desafiantes. Una de ellas aparece en Apocalipsis, como parte del último mensaje celestial de advertencia poco antes del regreso de Jesús.
«Temed a Dios, y dadle gloria…» (Apocalipsis 14,6–7).
El 7 de febrero nos ocupamos precisamente de este segundo imperativo en el estudio bíblico: ¿Qué significa dar gloria a Dios? ¿Y cómo se supone que podemos hacerlo si nosotros, los seres humanos, siendo sinceros, no nacemos precisamente rodeados de «esplendor y gloria»?
Pablo escribe de una manera tan sobria como liberadora: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3,23).
Si nos falta algo, ¿cómo podemos transmitirlo?
La respuesta conduce directamente al corazón de lo que Dios se propone hacer con nosotros. Y no tiene que ver solamente con palabras, canciones o «momentos religiosos», sino con el carácter, la vida cotidiana, la salud, las relaciones, el trabajo, el estrés, la comida y los medios; en resumen: con toda la vida.
Tres mandatos, y uno de ellos nos afecta de manera especial
En el mensaje del primer ángel aparecen tres llamados claros: temer a Dios, dar gloria a Dios y adorar a Dios (Apocalipsis 14,6–7).
La última vez hablamos de lo que significa temer a Dios, no como miedo, sino como profundo respeto y auténtica reverencia.
Esta vez tratamos el siguiente paso: dar gloria.
Y esto resulta interesante porque parece casi paradójico. La Biblia dice al mismo tiempo que no estamos «llenos de gloria». No llevamos por naturaleza aquello que Dios llama «gloria». Precisamente por eso surge la pregunta decisiva:
¿Qué es realmente la gloria de Dios?
Mientras que en inglés suele aparecer únicamente la palabra «glory», en algunas traducciones da la impresión al principio de que se habla de dos cosas diferentes: en Apocalipsis 14,7 debemos «dar gloria» a Dios, mientras que Romanos 3,23 dice que los seres humanos estamos «destituidos de la gloria de Dios». Aquí ayuda observar el campo semántico:
Dar gloria describe nuestra respuesta (engrandecer a Dios, reconocerlo); la gloria describe lo que Dios es y hace visible (su naturaleza, su luz, su carácter). Por eso el pensamiento es coherente: damos gloria a Dios al reflejar su gloria en nuestra vida. Profundicemos un poco más:
Gloria: no solo luz, sino naturaleza
En la Biblia, la «gloria» tiene dos perspectivas.
1) La gloria como una luz sobrecogedora
Hay pasajes en los que la gloria de Dios se describe como una luz sobrecogedora e inaccesible, tan intensa que las personas caen literalmente al suelo. Una imagen poderosa de ello aparece en el Sinaí: la gloria de Dios se presenta como un fuego abrasador sobre el monte (Éxodo 24,15–17).
Esta es la gloria «exterior»: visible, poderosa e impresionante.
2) La gloria como carácter
Pero, y aquí esto se vuelve decisivo para nosotros, la Biblia muestra que esa gloria exterior lleva un mensaje: anuncia algo interior. La luz de Dios es expresión de quién es Dios.
Y esto se hace evidente cuando Moisés pide a Dios algo que casi parece atrevido:
«Te ruego que me muestres tu gloria» (Éxodo 33,18).
Podríamos esperar que Dios «abriera las cortinas» y mostrara a Moisés un resplandor puro. Pero lo que Dios muestra realmente a Moisés es diferente y mucho más profundo.
Moisés en el monte: «Muéstrame tu gloria», y Dios muestra… su corazón
Justo después de la petición de Moisés, Dios dice:
«Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro… y tendré misericordia… y seré clemente…» (Éxodo 33,19).
Y en Éxodo 34 queda aún más claro: Dios pronuncia su nombre y se describe a sí mismo como
misericordioso y piadoso, tardo para la ira, grande en misericordia y verdad, que perdona y, al mismo tiempo, es justo.
Esa es la gloria de Dios.
No es, ante todo, un «espectáculo», sino carácter.
La gloria de Dios se muestra
- en su creación («Los cielos cuentan la gloria de Dios», Salmo 19,1),
- y del mismo modo en su salvación (Salmo 79,9; Salmo 85,9).
Porque ambas cosas dicen algo acerca de él: Él es bueno. Es generoso. Es salvador.
Y entonces sucede algo singular: cuando Moisés baja del monte, su rostro resplandece (Éxodo 34,29).
¿Por qué?
Porque la gloria es «contagiosa».
Te vuelves como aquello con lo que pasas tiempo
Moisés no siempre fue el líder manso y paciente. Al principio era impulsivo, fuerte, propenso a la ira e incluso violento (Éxodo 2,11–12).
Pero los años de cercanía con Dios lo transforman. Más tarde, la Biblia lo llama el hombre más manso (Números 12,3).
Esta es una de las grandes «leyes» espirituales:
Adoptamos el color de aquello que nos moldea.
- Quien vive constantemente rodeado de ruido rara vez llega a estar en silencio por dentro.
- Quien se alimenta continuamente de cinismo pierde la capacidad de asombro.
- Quien se acostumbra a contenidos centrados en el conflicto se endurece con mayor facilidad.
- Pero quien permanece cerca de Dios se vuelve más sensible, sin volverse débil; más claro, sin volverse frío; más veraz, sin volverse arrogante.
Y es precisamente aquí donde «dar gloria a Dios» se vuelve práctico:
No se trata de «entregarle» a Dios algo que no poseemos. Se trata de recibir su gloria y reflejarla.
Jesús: la gloria de Dios en forma humana
Moisés apunta hacia alguien mayor que él. La Biblia dice que Dios enviará un profeta «como Moisés» (Deuteronomio 18,18), y esto se cumple en Jesús.
Juan escribe:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1,14).
Observa esta formulación: aquí la gloria no es «luz de focos», sino gracia y verdad; de nuevo: carácter.
Y Jesús no vive para su propia gloria, sino para la gloria del Padre (Juan 7,18).
Por eso puede decirle a Felipe:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14,8–11).
Este es el punto: Jesús es el reflejo perfecto y muestra cómo es Dios en realidad.

Muchas personas de aquella época creían que la enfermedad era un castigo de Dios. Jesús da la vuelta a esta imagen: sana, levanta, toca a los excluidos y restaura por completo a las personas. Y la Biblia llama gloria a estas obras.
- El primer milagro en Caná se describe como una manifestación de su gloria (Juan 2,11).
- Ante Lázaro, Jesús dice que allí se hará visible la gloria de Dios (Juan 11,4.40).
- Y al final, Jesús incluso llama a su muerte una hora de «glorificación» (Juan 12,23–24).
¿Por qué? Porque en la cruz el carácter de Dios se ve con una claridad nunca antes alcanzada:
Amor que se entrega. Justicia que toma en serio el pecado. Misericordia que, aun así, busca al pecador.
Y ahora nosotros: ¿cómo damos gloria a Dios?
Aquí el mensaje se vuelve personal.
Jesús dice primero: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8,12).
Y luego dice a sus discípulos:
«Vosotros sois la luz del mundo… Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,14–16).
Es casi genial por su sencillez:
- Recibimos luz.
- Reflejamos luz.
- Otros dan gloria a Dios.
Es como el espejo y el sol: proyecta una mancha luminosa sobre la pared. El espejo no es el sol. Solo está orientado hacia él. Cuando estamos «orientados» hacia Jesús, su luz alcanza nuestro entorno. Por tanto, no debemos «producir» más luz, sino orientarnos más hacia Jesús.
Dar gloria significa hacer visible el carácter de Dios
Pedro escribe precisamente esto: las personas deben ver nuestras buenas obras y glorificar a Dios (1 Pedro 2,12).
Y Jesús dice que el Padre es glorificado cuando llevamos «mucho fruto» (Juan 15,8).
¿Qué fruto? Pablo lo enumera:
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gálatas 5,22–24).
Esa es una gloria que se puede tocar.
Y a veces llega incluso hasta el extremo: Jesús anuncia a Pedro su muerte como mártir y la llama una manera de glorificar a Dios (Juan 21,18–19).
No porque el sufrimiento sea «hermoso», sino porque la fidelidad en la oscuridad hace visible en quién confiamos.
Una última gran ola de gloria
La Biblia presenta la imagen de que, al final, la gloria de Dios no se queda en algo «pequeño», sino que alcanza al mundo:
«Y la tierra fue alumbrada con su gloria» (Apocalipsis 18,1).
Es la visión de que el carácter de Dios se haga visible por medio de su pueblo, de una forma tan creíble, tan amorosa y tan clara que sea «luz» en tiempos oscuros.
Isaías lo describe de manera muy práctica: soltar lo que ata; compartir lo que sacia; acoger a los pobres; no mirar hacia otro lado cuando alguien tiene frío o está herido. Entonces nuestra luz irrumpe y «la gloria de Jehová» será nuestra retaguardia (Isaías 58,6–8).
Por tanto, la gloria también es misericordia vivida.
Dar gloria con el cuerpo y la mente: por qué la salud es espiritual
Un punto del estudio bíblico llamó especialmente la atención de muchos porque está muy cerca de la vida cotidiana:
«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Corintios 6,19–20).
Y de una forma aún más directa:
«Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10,31).
Esto no es un instrumento para imponer moral. Es una invitación a la plenitud.
Porque nuestro pensamiento no funciona de manera «desconectada». La mente actúa por medio de una vida física real. La falta de sueño nos vuelve susceptibles. El estrés permanente nos endurece. Las sustancias adictivas alteran el estado de ánimo y las relaciones. La alimentación y el movimiento influyen en la energía y la claridad.
Si decimos: Queremos reflejar el carácter de Dios, esto también incluye: Queremos vivir de tal manera que nuestro cuerpo y nuestra mente tengan espacio para ello.
Esta mirada integral también caracteriza nuestra orientación en Maranatha: un lugar donde la salud no es un fin en sí misma, sino parte de una vida que toma en serio el cuerpo, el alma y el espíritu.
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Pasar a la práctica: 8 maneras en que «dar gloria a Dios» puede tomar forma esta semana
Para terminar, no como una «lista de tareas», sino como una invitación realista. No tienes que hacerlo todo de una vez. Pero puedes empezar por algún lugar.
- Cercanía diaria en lugar de inspiración ocasional
Moisés fue transformado porque pasó tiempo en la presencia de Dios. Jesús se retiraba regularmente para orar. La cercanía moldea. - Observa qué alimenta tu interior
Nos volvemos como aquello que contemplamos. Los medios pueden informar o deformar. Pregúntate: ¿Esto me hace más sensible, más claro, más amoroso? ¿O más duro, inquieto y cínico? - Pide a Dios de manera concreta su naturaleza
Moisés pidió: «Muéstrame tu gloria», y Dios le mostró su bondad. Oremos con más valentía: «Muéstrame cómo eres realmente. Y hazme más semejante a ti». - Elige un fruto del Espíritu como enfoque
Solo uno. Paciencia. Benignidad. Templanza. Y después: practícalo en los pequeños momentos. - Da gloria a Dios mediante la misericordia práctica
Isaías 58 es asombrosamente concreto: compartir, sostener, ver, ayudar. No tiene que ser algo grande. A veces la «gloria» es una conversación sincera, una comida caliente, una visita o una llamada. - Da gloria a Dios mediante la fidelidad en lo oculto
No todo se ve. Pero Dios ve. Y la fidelidad en lo pequeño forma el carácter. - Da gloria a Dios mediante un ritmo favorable para la salud
Sueño, movimiento, alimentación sencilla, pausas. No como perfeccionismo, sino como cuidado: «Mi cuerpo no me pertenece solo a mí». - Permanece en comunidad (sin fingir)
Muchos no experimentan la transformación solos, sino en un entorno que fortalece. La comunidad puede ser un espejo: no para empequeñecerte, sino para recordarte quién puedes llegar a ser.
La meta: no que las personas nos admiren, sino que conozcan a Dios
Al final no se trata de una «imagen piadosa». Se trata de que las personas, al ver nuestra vida, puedan pensar algo como:
«Si el amor de Dios puede verse así, entonces quiero conocer a ese Dios».
Esta es la forma más hermosa de «dar gloria a Dios»:
El carácter de Dios se hace visible.
No porque nosotros produzcamos «gloria», sino porque recibimos luz y la transmitimos.
Y quizá este sea el mensaje más esperanzador de todo ello:
Dios no espera que des algo que no tienes.
Te invita a estar con él hasta que su gloria tome forma en ti.
«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3,18).
Así comienza la verdadera transformación. En silencio. En profundidad. Y, en algún momento, de manera visible.